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La asistencia sexual para personas con diversidad funcional como derecho al propio cuerpo.

¿Cómo sería tu vida si no pudieras masturbarte?

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¿Cómo sería tu vida si no pudieras masturbarte?

Asistencia sexual, un apoyo imprescindible para las personas con diversidad funcional

“Qué bonito es tocarse” dice Sole, una mujer con artrogriposis múltiple congénita, cuando su asistente sexual guía su mano por su cuerpo. Es la primera vez en su vida que Sole toca su propio pezón… ¿Te imaginas que no pudieras tocar tu cuerpo? ¿Te imaginas tener sensibilidad en cada uno de tus poros, desear acariciarte, sentir la imperiosa necesidad de masturbarte, y no poder hacerlo porque no puedes moverte? Esta es la situación de millones de personas, millones de personas que reciben apoyos diarios para asearse, vestirse o alimentarse, pero que tienen una sexualidad ausente de esta lista de “necesidades”. Una sexualidad que no se quiere ver, que no se nombra. Así que cuando la persona con diversidad funcional muestra signos evidentes de excitación, como por ejemplo tener una erección mientras le lavan, la persona que le cuida mira para otro lado. En el caso de las mujeres, la negación y el silencio es aún más fuerte: no hay evidencia física de la excitación sexual, por tanto, se asume que no existe.

Si te parece duro imaginar que no puedes tocar tu propio cuerpo, imagínate cómo sería no poder tocar tampoco el de tu pareja: tener una relación, estar enamorado, desear tener sexo con esa persona y que eso no sea posible porque los dos tenéis movilidad reducida. Podéis miraros, hablaros, quizá acariciaros superficialmente, pero no tenéis autonomía para desnudaros o tumbaros en una cama, mucho menos realizar otro tipo de prácticas sexuales. De nuevo, esta es la situación de millones de parejas: personas con diversidad funcional que por sí solas no pueden mantener las relaciones sexuales que desearían y que no reciben apoyo alguno para lograrlo.

Para intentar solventar estas situaciones, aparece la asistencia sexual: un apoyo para que las personas con diversidad funcional puedan acceder a la sexualidad. Se trata de una figura controvertida, aún por acabar de definir. Hay países, grupos y personas concretas que ya nombran sus servicios como “asistencia sexual” pero bajo este paraguas conviven prácticas muy variadas: algunas son simple y llanamente prostitución; otras, terapias sexológicas con un objetivo rehabilitador (como el que aparece en la película “Las Sesiones” (The Sessions); incluso, hay servicios de “voluntariado” en que la “asistencia sexual” se ofrece de manera altruista, como una especie de limosna carnal que busca calmar conciencias y apetitos perentorios. En estas diferentes versiones de asistencia sexual se mezclan el deseo afectivo y sexual; el interés económico y profesional; las restricciones legales; y los prejuicios sociales y morales.

Tal y como analicé en un artículo académico, cada una de ellas pone en marcha diferentes estrategias de legitimación social, algunas recurren a casos extremos para justificar lo desesperado de la situación y la necesidad de que se atiendan sus demandas. Por ejemplo, en el recién estrenado reportaje “Jo també vull sexe” (“Yo también quiero sexo” en castellano), se movilizan algunos de estos fantasmas como “las madres que tienen que masturbar a sus hijos” o “la persona con diversidad funcional que morirá virgen porque nadie quiere tener sexo con ella”. Este tipo de impactantes imágenes tienen la virtud de visibilizar una problemática y sensibilizar a la población. Pero entrañan el riesgo de hacerlo a costa de perpetuar estereotipos igualmente dañinos como la indeseabilidad de estas personas o sus carencias afectivas. Este enfoque termina situando la problemática en la “discapacidad”, en lugar de en una sociedad que “discapacita” a determinados individuos: privándoles de autonomía, encerrándoles en residencias, impidiéndoles el acceso a lugares públicos y transportes, o menguando su autoestima a través del bombardeo de modelos corporales inalcanzables (dañinos para todos nosotros).

Desde mi punto de vista, hay que huir de atajos, de desahogos que tras la descarga (sexual) dejan cierto regusto amargo. La asistencia sexual puede y debe ser un derecho reconocido para las personas con diversidad funcional. Pero, para ello, tiene que definirse como un apoyo para asegurar la igualdad de oportunidades, para asegurar que las personas con diversidad funcional puedan hacer lo que cualquiera de nosotros: masturbarse, tocar sus propios cuerpos, utilizar un juguete sexual o mantener relaciones con su pareja. Nada más y nada menos que eso se le puede exigir al Estado. Los deseos sexuales que exceden a estas prácticas, y que todos experimentamos (y satisfacemos con mayor o menor éxito), no pueden regularse mediante una normativa, sino que tienen que enfrentarse a las problemáticas, dudas e inquietudes que rigen las fórmulas de la seducción. Sus posibilidades de éxito dependerán, claro está, de la accesibilidad de los espacios en que nos encontramos, y no me refiero solo a las barreras físicas, sino a las mentales que constriñen y empobrecen nuestro deseo. Luchemos, pues, por ampliar el imaginario de cuerpo bello, de relación esperable, de sexualidad conveniente, para que, realmente, Yes, we fuck!

Por | 2017-07-21T16:54:33+00:00 23 febrero 2017|Categorías: Noticias|Etiquetas: , |
Andrea García-Santesmases
Andrea García-Santesmases Fernández es doctora en Sociología por la Universidad de Barcelona, licenciada en antropología y experta en estudios de género, sociología del cuerpo y “disability studies”.

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